Pública Hay épocas en las que una civilización no se transforma porque haya encontrado nuevas respuestas, sino porque deja de considerar necesarias las antiguas preguntas. Occidente parece haber atravesado durante los últimos siglos uno de esos procesos. El tránsito desde un mundo organizado alrededor de Dios, la tradición, el misterio y la metafísica hacia otro progresivamente gobernado por la razón crítica, la autonomía individual, la ciencia y la secularización constituye una de las transformaciones intelectuales más profundas de nuestra historia. En gran medida, este desplazamiento fue una conquista. Permitió liberar el conocimiento científico de la tutela religiosa, someter las antiguas certezas al examen de la razón, limitar el poder de instituciones que con demasiada frecuencia habían identificado sus propios intereses con un supuesto orden divino y reconocer al individuo como sujeto moral capaz de examinar por sí mismo aquello que debía creer. Sería absurdo negar la magnitud de esa emancipación. Pero sería igualmente ingenuo suponer que una transformación de semejante profundidad podía producirse sin alterar también los mecanismos mediante los cuales las sociedades construyen significado.
Quizá uno de los grandes malentendidos de la modernidad haya consistido precisamente en confundir la desaparición de determinadas formas religiosas con la desaparición de las necesidades antropológicas que aquellas formas organizaban. El debilitamiento de las iglesias no implica necesariamente el debilitamiento de la necesidad de pertenecer; la pérdida de credibilidad de una doctrina metafísica no elimina la necesidad de comprender el sufrimiento; la desaparición de los rituales tradicionales no suprime la necesidad de celebrar, llorar o recordar colectivamente; y la caída de los antiguos altares no extingue necesariamente la capacidad humana de venerar. Una cultura puede dejar de pronunciar plegarias y continuar siendo profundamente religiosa en la estructura de sus adhesiones. Puede declararse secular mientras conserva intacta la necesidad de distinguir entre lo puro y lo impuro, reconocer figuras ejemplares, perseguir herejías, participar en rituales colectivos y depositar su esperanza en alguna forma de salvación futura.
El problema que aquí interesa, por tanto, no puede reducirse a la vieja disputa entre religión y ateísmo. La cuestión es anterior y probablemente más profunda: ¿puede el ser humano vivir sin sacralizar algo? ¿Puede una comunidad mantenerse durante mucho tiempo sin establecer realidades que considere superiores al interés inmediato de sus miembros? Y, si no puede hacerlo, ¿qué ocurre cuando aquello que ocupaba tradicionalmente ese espacio desaparece? Tal vez la modernidad haya cometido en determinados momentos un error antropológico al imaginar que, una vez liberado del dogma religioso, el individuo se convertiría espontáneamente en un agente esencialmente racional, capaz de organizar su existencia mediante conocimiento científico, cálculo de intereses y deliberación crítica. Esa imagen olvida que el ser humano no es solamente el animal que calcula o desea. Es también, y quizá fundamentalmente, el animal que atribuye significado.
Necesitamos saber qué merece ser amado, qué debe ser protegido, qué justifica el sacrificio y qué convierte una vida en algo más que una sucesión de acontecimientos. Construimos relatos sobre nuestro origen, imaginamos futuros, veneramos a nuestros muertos, transmitimos símbolos, buscamos modelos, sentimos reverencia y experimentamos la necesidad de formar parte de algo que nos preceda y pueda sobrevivirnos. No basta con estar vivos; necesitamos comprender de algún modo para qué vivimos. Tampoco basta con poseer libertad; tarde o temprano debemos decidir qué merece hacerse con ella. En ese movimiento aparece lo que aquí llamaré amor de trascendencia: no necesariamente la adhesión a una religión concreta, sino la disposición a reconocer que existen realidades cuyo valor no depende enteramente de nuestra conveniencia, nuestra voluntad o nuestro interés.
La trascendencia comienza cuando el individuo deja de preguntarse únicamente qué desea y empieza a preguntarse qué merece ser deseado. Aparece cuando comprende que la verdad no se vuelve verdadera porque le resulte útil, que la justicia no se convierte en justicia porque haya sido decretada por una mayoría y que la dignidad de una persona no desaparece porque esa persona haya dejado de ser productiva, agradable o socialmente útil. Existe aquí una verticalidad fundamental. La existencia deja de cerrarse sobre sí misma y reconoce una medida que la supera. Esta intuición puede adoptar formas religiosas, metafísicas o incluso seculares, pero en todas ellas introduce un elemento decisivo: el individuo ya no constituye la medida absoluta de todas las cosas.
Platón comprendió tempranamente la importancia de esta verticalidad. La alegoría de la caverna no describe simplemente el paso de la ignorancia al conocimiento; describe un giro del alma. Los prisioneros contemplan sombras y las confunden con la realidad porque nunca han conocido otra cosa. La filosofía comienza cuando uno de ellos descubre que existe una medida exterior a las apariencias que hasta entonces habían constituido su mundo. La consecuencia política de esta intuición es enorme. Si existe una verdad que no ha sido creada por el poder, entonces el poder puede mentir. Si existe una justicia que no coincide necesariamente con la ley positiva, una ley puede ser injusta. Si el bien no depende de la voluntad del gobernante, ningún gobernante puede identificarse completamente con él. La trascendencia introduce de este modo un límite al poder humano, porque afirma que existe algo que el poder no puede producir simplemente mediante decreto.
Ésta podría ser una de las funciones culturales más importantes de la trascendencia: impedir que alguna realidad humana ocupe completamente el lugar de lo absoluto. El problema comienza cuando este horizonte se debilita sin que disminuya proporcionalmente la necesidad humana de absoluto. El espacio simbólico que antes ocupaban Dios, la verdad trascendente o un orden moral superior puede entonces ser colonizado por realidades intramundanas. La nación, la raza, la clase, el partido, el mercado, la revolución, el progreso, la tecnología, la identidad o incluso el propio individuo pueden adquirir una densidad simbólica que excede su naturaleza y transformarse en objetos de sacralización. No es necesario llamarlos dioses para tratarlos como tales.
Émile Durkheim ofrece una de las herramientas más poderosas para comprender este fenómeno. Para él, la religión no puede definirse únicamente mediante la creencia en seres sobrenaturales. La distinción fundamental se establece entre lo sagrado y lo profano. Toda comunidad separa ciertas realidades de la vida ordinaria y las inviste de un valor especial. Una bandera es materialmente un trozo de tela, pero puede representar algo por lo que una persona estaría dispuesta a morir. Un monumento no deja de ser piedra, aunque su destrucción pueda experimentarse como una agresión contra la memoria de toda una comunidad. Un texto constitucional continúa siendo tinta sobre papel, pero adquiere una autoridad simbólica capaz de organizar la vida política de millones de personas. Lo sagrado, desde esta perspectiva, no desaparece necesariamente cuando desaparece la religión tradicional. Puede simplemente cambiar de residencia.
La Revolución Francesa ofrece un ejemplo particularmente revelador. El antiguo orden político y religioso fue combatido en nombre de la razón, la ciudadanía y la emancipación, pero la desaparición de los antiguos símbolos no dejó tras de sí un espacio culturalmente vacío. Surgieron nuevos calendarios, nuevas ceremonias, nuevos mártires, fiestas cívicas, altares a la patria y formas explícitas de culto revolucionario. La comunidad necesitaba representarse a sí misma y necesitaba hacerlo mediante símbolos capaces de suscitar adhesión emocional. Había cambiado el contenido de lo sagrado, pero no necesariamente la necesidad de sacralizar. La estructura ritual sobrevivía a la transformación de la doctrina.
Durkheim llamó efervescencia colectiva a la experiencia mediante la cual el individuo, inmerso en una comunidad emocionalmente movilizada, siente una fuerza que parece superarlo. Durante determinadas ceremonias, celebraciones o acontecimientos históricos, el sujeto deja momentáneamente de percibirse como una existencia aislada y experimenta que forma parte de algo mayor. Esta experiencia puede surgir en un templo, pero también en una manifestación, una revolución, un estadio o una concentración política. La sociedad es capaz de producir sentimientos de trascendencia mediante su propia energía colectiva. Precisamente por ello la política posee una capacidad extraordinaria para apropiarse de mecanismos que tradicionalmente asociábamos con la religión.
Nietzsche comprendió la magnitud del problema desde otra perspectiva. Su anuncio de la muerte de Dios ha sido repetido hasta convertirse casi en una fórmula decorativa, pero su verdadero alcance resulta mucho más perturbador que una simple declaración de ateísmo. Nietzsche comprendió que Europa estaba perdiendo progresivamente la confianza en el fundamento metafísico sobre el que había construido durante siglos una parte sustancial de su moralidad y de su comprensión del mundo. La ciencia moderna, la crítica histórica y la propia filosofía habían erosionado aquel horizonte. Pero los valores construidos sobre él no desaparecían al mismo ritmo. Europa podía dejar de creer en Dios y continuar hablando de verdad, justicia, bien, dignidad y deber como si el fundamento último de esas categorías permaneciera intacto.
La pregunta que Nietzsche deja abierta es incómoda: ¿qué ocurre cuando una civilización conserva sus valores pero pierde el fundamento que les otorgaba carácter absoluto? El nihilismo constituye una posible respuesta, aunque conviene no entenderlo únicamente como indiferencia o ausencia de creencias. Existe otra forma de nihilismo quizá más peligrosa: la necesidad desesperada de sustituir el absoluto perdido por un absoluto nuevo. El ser humano puede no soportar durante mucho tiempo el vacío y terminar depositando sobre una realidad limitada un peso metafísico que esa realidad no puede soportar. Entonces una verdad parcial se convierte en explicación total, una causa política se transforma en destino histórico y una identidad particular empieza a presentarse como fundamento último de la existencia.
El siglo XX mostró con una claridad terrible hasta dónde puede conducir este proceso. Los grandes movimientos totalitarios no se limitaron a proponer programas políticos; construyeron universos completos de significado. Poseían relatos fundacionales, mártires, símbolos, ceremonias multitudinarias, enemigos absolutos, promesas de regeneración y figuras carismáticas capaces de interpretar el destino colectivo. La política dejó de ser simplemente el arte imperfecto de administrar intereses contrapuestos y comenzó a presentarse como instrumento de redención. El líder ya no era un gobernante provisional sometido a límites, sino el intérprete privilegiado de la historia, aquel que comprendía el sentido profundo de los acontecimientos y podía conducir a la comunidad hacia su destino.
Eric Voegelin analizó precisamente esta tentación de trasladar las estructuras de la escatología religiosa al interior de la historia. Allí donde la religión tradicional situaba la redención definitiva fuera del alcance del poder político, el mesianismo secular prometía construirla aquí y ahora. La sociedad imperfecta debía ser transformada hasta alcanzar una reconciliación definitiva. El peligro aparece cuando una doctrina política afirma no sólo que puede mejorar el mundo, sino que conoce el mecanismo mediante el cual la imperfección humana será finalmente superada. Quien se oponga a ese proyecto deja entonces de ser un adversario político legítimo y puede convertirse en obstáculo para la salvación. Si el paraíso es históricamente realizable, impedir su llegada comienza a parecer una forma de maldad.
La utopía contiene así una paradoja siniestra. Cuanto más perfecta es la sociedad futura que promete, mayor puede ser la violencia presente que esté dispuesta a justificar. La persona concreta se sacrifica en nombre de una humanidad abstracta; el sufrimiento actual se legitima mediante la felicidad de generaciones futuras; la crueldad se convierte en necesidad histórica. La política, cuando pretende salvar definitivamente al ser humano, corre el riesgo de dejar de verlo. La utopía termina devorando a aquellos a quienes afirmaba querer liberar.
Carl Gustav Jung permite trasladar esta cuestión desde la filosofía política hacia la psicología profunda. Para Jung, las imágenes religiosas, los mitos y los arquetipos no eran simples adornos culturales, sino formas mediante las cuales la psique organizaba experiencias humanas fundamentales: la muerte, la culpa, la transformación, el sacrificio, el miedo, la esperanza, la sombra. La desaparición cultural de determinadas representaciones religiosas no implica necesariamente que desaparezcan las fuerzas psíquicas que aquellas representaban. Lo reprimido no se evapora; puede reaparecer bajo otra forma. Desde esta perspectiva podríamos hablar, con carácter metafórico, de una ley de conservación del fervor: la capacidad humana de entregarse, venerar, sacrificarse, pertenecer y esperar salvación no desaparece necesariamente cuando pierde su objeto tradicional. Puede desplazarse hacia otros objetos.
El altar permanece vacío sólo hasta que algo nuevo demuestra ser capaz de ocuparlo.
Eric Hoffer observó un fenómeno relacionado al estudiar los movimientos de masas. Determinados individuos podían pasar de una causa absoluta a otra aparentemente incompatible sin experimentar la contradicción que cabría esperar. Tal fenómeno sugiere que, en ciertos casos, la necesidad psicológica de pertenecer a una totalidad puede ser anterior al contenido concreto de la doctrina. El individuo no encuentra necesariamente primero una verdad y después se entrega fanáticamente a ella. Puede existir primero una necesidad de entrega y aparecer después la doctrina que permite satisfacerla. Lo que permanece constante no es la ideología, sino la estructura psicológica del verdadero creyente.
Esto permite comprender mejor al fanático. No es necesariamente alguien incapaz de razonar. Puede ser inteligente, disciplinado y extraordinariamente coherente. Su problema no reside tanto en la ausencia de razón como en el cierre del sistema dentro del cual razona. Toda información acaba confirmando la doctrina. Las pruebas favorables constituyen evidencia; las desfavorables son propaganda; la crítica demuestra persecución y la discrepancia revela complicidad con el enemigo. La teoría se vuelve invulnerable porque ha construido mecanismos para reinterpretar cualquier posible refutación. Precisamente por eso proporciona una enorme seguridad psicológica: elimina la incertidumbre y devuelve al mundo una coherencia aparentemente perdida.
Esta necesidad de certeza puede intensificarse en sociedades sometidas a cambios rápidos. La modernidad tardía ha multiplicado las posibilidades de elección hasta convertir la libertad, en ocasiones, en una carga. El individuo debe decidir quién quiere ser, qué valores desea adoptar, qué relaciones quiere mantener, qué profesión escoger, dónde vivir y a qué comunidades pertenecer. Muchas respuestas que en otras épocas estaban parcialmente heredadas deben construirse ahora biográficamente. La invitación moderna a «ser uno mismo» contiene una promesa de libertad, pero también una pregunta angustiosa: ¿quién es ese yo que debo ser?
Es precisamente en este contexto donde el demagogo puede adquirir una fuerza extraordinaria. Su promesa más profunda no es siempre política; con frecuencia es existencial. Ofrece una explicación completa allí donde la realidad aparece fragmentada. Sabe qué está ocurriendo, quiénes somos, por qué sufrimos, quién tiene la culpa y qué debemos hacer. A cambio de complejidad ofrece claridad; a cambio de ambivalencia, identidad; a cambio de incertidumbre, doctrina. El individuo entrega parte de su responsabilidad interpretativa y recibe un mundo nuevamente ordenado. No resulta difícil comprender por qué semejante intercambio puede ser profundamente seductor.
René Girard permite incorporar a este proceso una pieza esencial: la figura del enemigo. Su teoría del deseo mimético y del mecanismo del chivo expiatorio muestra cómo una comunidad sometida a tensiones internas puede recuperar temporalmente su cohesión proyectando el desorden sobre una víctima. La ansiedad difusa se vuelve hostilidad concreta; las contradicciones internas pierden importancia porque todos pueden coincidir contra alguien. El enemigo produce una reconciliación negativa. Ya no sabemos exactamente qué nos une, pero sabemos con absoluta claridad a quién rechazamos.
La historia ha cambiado continuamente el rostro de ese enemigo: el hereje, el extranjero, el aristócrata, el burgués, el revolucionario, el inmigrante, la minoría, el intelectual, el traidor, el conspirador. Los contenidos son diferentes y no deben equipararse históricamente, pero el mecanismo posee una inquietante continuidad. La comunidad preserva su inocencia atribuyendo el mal a otro. Aquí Girard se encuentra con Jung, porque el chivo expiatorio colectivo cumple una función semejante a la proyección psicológica de la sombra. Aquello que no queremos reconocer en nosotros —violencia, resentimiento, codicia, miedo, deseo de dominio— puede ser atribuido enteramente al adversario. Nosotros somos justos; ellos son malvados. Nuestra violencia es defensiva; la suya revela su naturaleza. Nuestra crueldad es necesaria; la suya confirma que merecen ser combatidos.
Pocas cosas resultan psicológicamente tan seductoras como la inocencia moral absoluta.
Hannah Arendt añadió a este cuadro una condición que resulta particularmente importante para comprender las sociedades modernas: la soledad y la atomización. Los movimientos totalitarios no necesitan necesariamente comunidades tradicionales excesivamente cohesionadas; pueden prosperar precisamente cuando esas comunidades se desintegran. El individuo aislado, desarraigado y privado de vínculos estables puede resultar especialmente vulnerable ante una ideología que le ofrece pertenencia total. Quien se sentía insignificante descubre de pronto que participa en la Historia. Su sufrimiento adquiere significado, su frustración encuentra una causa y su biografía queda integrada en una narrativa colectiva. La soledad se transforma en militancia y el individuo recupera una identidad mediante su incorporación a algo que lo supera.
Viktor Frankl permite comprender por qué esa oferta puede resultar tan poderosa. El ser humano necesita sentido. La ausencia prolongada de significado puede producir un vacío existencial que no conduce necesariamente al fanatismo, pero sí puede aumentar la vulnerabilidad frente a sistemas capaces de ofrecer una explicación total. El problema, por tanto, no es la búsqueda de sentido, sino su colonización. El sentido auténtico exige responsabilidad, mientras que el sentido prefabricado puede exigir únicamente obediencia. El primero obliga a responder por la propia vida; el segundo entrega una identidad ya terminada y libera al individuo de la angustia de tener que construirla.
La revolución digital ha introducido una mutación histórica en todos estos procesos. Las redes sociales no inventaron el tribalismo, el fanatismo, la búsqueda de pertenencia ni el chivo expiatorio, pero han transformado radicalmente su velocidad, escala y capacidad de reproducción. Durante gran parte de la historia, la efervescencia colectiva descrita por Durkheim exigía proximidad física. Había que reunirse en un templo, una plaza, una procesión, un estadio o una manifestación. Hoy millones de individuos pueden participar simultáneamente en una misma experiencia emocional permaneciendo físicamente aislados. Una noticia aparece, se propaga y desencadena indignación, admiración, miedo o compasión. Los símbolos se repiten, aparece un vocabulario compartido, se identifican culpables y se exigen posicionamientos. La multitud continúa existiendo, pero ya no necesita compartir un espacio.
Podríamos denominar efervescencia algorítmica a esta nueva forma de movilización emocional distribuida. El algoritmo no inventa desde cero nuestras pasiones, pero participa en la selección de aquello que vemos y aprende de aquello que consigue retener nuestra atención. Aquí aparece una novedad decisiva: la comunidad moral contemporánea se desarrolla parcialmente dentro de una economía de la atención. Los contenidos emocionalmente intensos poseen ventajas evidentes. El escándalo, la amenaza, la humillación, el miedo y la indignación generan interacción. No hace falta imaginar una voluntad central empeñada en radicalizar a la sociedad; basta con comprender que determinados incentivos tecnológicos pueden favorecer sistemáticamente aquello que captura nuestra atención.
El resultado puede ser un circuito de retroalimentación en el que identidad, emoción y contenido se refuerzan mutuamente. El usuario expresa una opinión, recibe reconocimiento de su grupo, consolida su identidad y vuelve a interactuar. El sistema aprende sus preferencias y le ofrece nuevos contenidos capaces de mantener su atención. Poco a poco puede formarse un universo informativo cada vez más coherente consigo mismo y menos permeable a aquello que lo contradice. La antigua clausura epistemológica del fanático adquiere así una forma personalizada y técnicamente asistida.
Arendt habría reconocido en este fenómeno un peligro fundamental: la pérdida del mundo común. La política democrática no exige que todos interpretemos la realidad del mismo modo, pero sí necesita que exista alguna realidad compartida sobre la cual podamos discrepar. Cuando cada comunidad dispone de sus propios hechos, expertos, fuentes, mártires, villanos y explicaciones, el desacuerdo deja de referirse a la interpretación del mundo y comienza a afectar a la existencia misma de ese mundo. Ya no discutimos sobre lo que significan los hechos; discutimos sobre qué hechos existen.
A ello se añade la creciente fusión entre opinión e identidad. Una persona puede dejar de decir «creo esto» para comenzar, implícitamente, a decir «esto es lo que soy». Cuando una creencia pasa a formar parte del núcleo identitario, cuestionarla puede experimentarse como una agresión personal. Cambiar de opinión deja entonces de tener únicamente un coste intelectual: puede implicar perder pertenencia, reconocimiento y posición dentro del grupo. El debate racional se vuelve extraordinariamente difícil porque aquello que está en juego ya no es solamente una proposición, sino la propia identidad social.
En este contexto reaparecen, bajo formas nuevas, estructuras que recuerdan a las antiguas comunidades religiosas. Se establecen ortodoxias y herejías, aparecen transgresiones que exigen confesión pública, se producen rituales de disculpa y se practican formas de expulsión simbólica. La analogía debe manejarse con prudencia: una condena en redes sociales no equivale a las persecuciones religiosas de otros periodos históricos. Sin embargo, las semejanzas funcionales son suficientemente significativas para plantear una pregunta incómoda: quizá la secularización haya debilitado el sacerdocio institucional sin eliminar la necesidad de autoridades morales.
De hecho, podríamos decir que la sociedad digital ha democratizado parcialmente la función sacerdotal. Un influencer, un activista, un creador de contenido o una cuenta anónima pueden convertirse temporalmente en intérpretes del bien y del mal, establecer qué acontecimiento merece indignación, señalar quién debe ser condenado y proporcionar a una comunidad el lenguaje mediante el cual interpretar lo sucedido. La autoridad ya no deriva necesariamente de formación, responsabilidad institucional o experiencia; puede derivar de la capacidad de capturar atención. La visibilidad corre así el riesgo de confundirse con legitimidad.
La tecnología también ha transformado el carisma. Max Weber describió la autoridad carismática como aquella que descansa en la atribución de cualidades extraordinarias a una persona. Durante siglos, el líder carismático necesitó grandes ceremonias, apariciones públicas y aparatos de propaganda para mantener esa presencia. Hoy puede acompañar al seguidor durante todo el día. Aparece en su teléfono al despertar, habla durante el desayuno, comenta acontecimientos por la tarde y reaparece antes de dormir. La relación parasocial produce una intimidad imposible para los antiguos líderes de masas. El culto a la personalidad ya no necesita solamente plazas abarrotadas; puede instalarse silenciosamente en el bolsillo de cada individuo.
Sin embargo, sería un error concluir que todos estos problemas se resolverían mediante un simple retorno a la religión. La historia impide semejante ingenuidad. Las sociedades profundamente religiosas también han producido persecuciones, guerras, fanatismos y poderes absolutos. La trascendencia puede limitar al gobernante cuando afirma que existe una ley superior a él, pero puede multiplicar su poder cuando el gobernante afirma hablar en nombre de esa ley. Puede decir «también yo seré juzgado» o puede decir «Dios habla a través de mí». Entre ambas afirmaciones existe una diferencia política fundamental.
Por eso la cuestión decisiva no es si una sociedad posee o no trascendencia, sino qué clase de relación establece con ella. Una trascendencia compatible con la libertad debe funcionar fundamentalmente como límite. Si existe verdad, ningún individuo puede identificarse enteramente con ella. Si existe justicia, ningún partido puede afirmar que la encarna sin resto. Si existe el bien, ninguna comunidad posee su monopolio. Si existe dignidad humana, ésta debe alcanzar también a quien consideramos adversario. La verdadera trascendencia no debería aumentar nuestras pretensiones de infalibilidad, sino reducirlas.
De aquí surge lo que podríamos llamar humildad ontológica: el reconocimiento de que somos seres finitos capaces de equivocarnos incluso cuando actuamos con convicción. Mi grupo puede equivocarse. Mi época puede equivocarse. Mi causa puede cometer injusticias. Mi adversario puede tener razón en algo que yo no quiero reconocer. Esta disposición no exige abandonar las convicciones, sino introducir una distancia entre nosotros y ellas. El fanatismo no consiste simplemente en amar demasiado una idea; consiste en amarla de tal manera que ya no podemos imaginar sus límites.
Convicción y humildad deben, por ello, permanecer unidas. La convicción sin humildad puede producir fanatismo; la humildad sin convicción puede degenerar en cinismo o indiferencia. Una sociedad madura necesita valores fuertes y, simultáneamente, mecanismos capaces de recordar que ninguna formulación humana de esos valores es definitiva. En este sentido, la democracia puede entenderse como una institucionalización política de la falibilidad. Nadie gobierna para siempre, la oposición posee legitimidad, las leyes pueden modificarse y el poder puede ser sustituido sin que la comunidad política tenga que destruirse. Todo ello contiene una filosofía mucho más profunda de lo que parece: ninguna persona posee definitivamente la verdad política.
La democracia necesita también sus propios rituales y símbolos. El problema no consiste en que existan, porque ninguna comunidad humana parece capaz de prescindir completamente de ellos. La cuestión es qué decidimos investir de una dignidad especial. Una democracia saludable no debería sacralizar al gobernante, sino la posibilidad de sustituirlo; no al partido, sino el derecho de la oposición a existir; no una identidad colectiva cerrada, sino la dignidad de las personas que componen la comunidad. Tal vez la salida no consista en eliminar lo sagrado, sino en orientar la sacralización hacia aquello que precisamente impide la concentración absoluta del poder.
La verdad puede cumplir una función semejante si se entiende correctamente. La ciencia auténtica contiene una disciplina de humildad: las hipótesis deben poder revisarse, las afirmaciones deben someterse a contraste y ninguna autoridad queda completamente por encima de la posibilidad de corrección. La ciencia se convierte en una forma de dogmatismo sólo cuando deja de comprenderse como método y comienza a funcionar como identidad o como fuente incuestionable de legitimidad. Lo mismo ocurre con la justicia. Precisamente porque una ley puede ser injusta necesitamos distinguir entre legalidad y justicia; pero precisamente porque ninguna facción posee enteramente la justicia debemos desconfiar de quienes afirman encarnarla de manera definitiva.
La dignidad humana quizá constituya uno de los ejemplos más fecundos de una trascendencia compatible con una sociedad secular. Afirmar que una persona posee dignidad significa sostener que existe en ella un valor que no depende enteramente de su productividad, inteligencia, nacionalidad, utilidad o aprobación social. Ese valor introduce un límite frente al Estado, el mercado, la mayoría y también frente a nuestro propio odio. Y la prueba decisiva de esa convicción aparece cuando debemos reconocer dignidad en quien detestamos. Es fácil defender la humanidad de quienes pertenecen a nuestro grupo; la verdadera frontera moral aparece cuando el adversario continúa siendo una persona incluso después de haberse convertido en adversario.
Allí donde esta percepción desaparece comienza la lógica sacrificial. Cuando el otro deja de ser un individuo y pasa a convertirse en contaminación, enfermedad, plaga o impureza, la violencia empieza a resultar más fácil. La compasión puede actuar entonces como mecanismo inmunológico porque devuelve un rostro allí donde la ideología sólo veía una categoría. Obliga a contemplar una biografía donde antes había una abstracción. Girard comprendió que el mecanismo del chivo expiatorio necesita unanimidad; basta con que alguien mire a la víctima y diga «también él es humano» para que el ritual comience a perder su eficacia.
Incluso la ironía y el humor poseen una función política más profunda de lo que solemos admitir. El fanatismo necesita solemnidad porque la solemnidad protege aquello que ha sido sacralizado. La ironía introduce distancia y permite contemplar nuestros propios símbolos sin arrodillarnos completamente ante ellos. Una sociedad capaz de reírse de sí misma conserva todavía una reserva de libertad interior. El totalitarismo, por el contrario, suele desconfiar del humor porque sabe que una caricatura puede hacer en segundos aquello que un tratado filosófico tarda páginas en conseguir: devolver al supuesto absoluto a su dimensión humana.
Quizá por ello una de las tareas educativas más importantes de cualquier sociedad libre consista en enseñar a soportar la ambivalencia. Una causa justa puede cometer injusticias; una persona admirable puede equivocarse; una institución valiosa puede corromperse; dos principios legítimos pueden entrar en conflicto y nuestro adversario puede comprender algo que nosotros no comprendemos. La madurez consiste parcialmente en habitar esa complejidad sin huir hacia una explicación total. El fanatismo ofrece exactamente lo contrario: un universo moral infantil donde nosotros somos buenos, ellos son malos, todo posee una causa, todo tiene un culpable y ninguna contradicción necesita permanecer abierta.
Pero tampoco el relativismo absoluto constituye una solución. Si nada puede afirmarse como verdadero, si todos los valores son simples preferencias y si toda convicción profunda resulta sospechosa, desaparece también la posibilidad de condenar seriamente la injusticia. Una civilización necesita convicciones. La cuestión no consiste en eliminarlas, sino en impedir que se transformen en ídolos. Necesitamos sostener simultáneamente dos afirmaciones difíciles: existen cosas que merecen ser defendidas y nosotros podemos equivocarnos acerca de cómo defenderlas.
La época tecnológica introduce, finalmente, un nuevo candidato a ocupar el espacio del absoluto. Existe una tendencia creciente a interpretar los problemas humanos como problemas técnicos susceptibles de solución. La soledad puede convertirse en déficit de conectividad; el duelo, en disfunción; el envejecimiento, en avería; la educación, en optimización; la memoria, en almacenamiento; la felicidad, en regulación. La tecnología proporciona herramientas extraordinarias y sería absurdo negar su capacidad para aliviar sufrimientos reales. El peligro aparece cuando deja de considerarse instrumento y comienza a convertirse en metafísica, cuando suponemos que todo aquello que importa puede ser medido, producido, optimizado o corregido.
No todos los problemas humanos son fallos de ingeniería. La muerte no es simplemente un error de diseño. El duelo no constituye necesariamente una patología que deba eliminarse. La soledad no puede reducirse por completo a ausencia de conexión y el sentido no es una aplicación que pueda instalarse. Algunas experiencias dolorosas forman parte de la estructura misma de la existencia y deben ser comprendidas, atravesadas e integradas, no simplemente borradas. Cuando una civilización pierde esta distinción corre el riesgo de confundir eficiencia con significado.
Paradójicamente, cuanto más tecnológica se vuelve una sociedad, más visibles pueden hacerse nuevas formas de mitología. Aparecen empresarios tratados como profetas, promesas de singularidad, sueños de inmortalidad digital, utopías transhumanistas y narrativas que anuncian una transformación definitiva de la condición humana. La escatología no desaparece; cambia de vocabulario. Donde antes se hablaba de salvación puede hablarse ahora de superación biológica, inteligencia superior o trascendencia tecnológica. El cielo se seculariza y reaparece convertido en futuro.
Tal vez todo ello revele que la verticalidad nunca desaparece completamente. Si una cultura elimina toda realidad superior al individuo, el individuo puede elevarse a sí mismo al lugar del absoluto. Si elimina toda trascendencia moral, puede absolutizar la identidad. Si rechaza toda religión, puede sacralizar la política. Si niega todo misterio, puede convertir la tecnología en destino. El vacío rara vez permanece vacío porque el ser humano continúa necesitando orientar su existencia hacia algo que considere mayor que sí mismo.
Éste es el sentido profundo del vacío inmune. Una cultura no posee inmunidad porque haya conseguido eliminar el fervor, sino porque dispone de mecanismos capaces de impedir que ese fervor se concentre absolutamente sobre una creación humana. La inmunidad cultural no consiste en vivir sin creer, sino en reconocer que aquello en lo que creemos puede convertirse en ídolo. Tampoco exige reconstruir artificialmente los altares del pasado. Exige algo mucho más difícil: aprender a conservar sentido sin totalitarismo, comunidad sin tribalismo, convicción sin fanatismo y trascendencia sin tiranía.
La pregunta decisiva para una sociedad secular no debería ser, por tanto, cómo regresar al mundo anterior a la secularización. Ese mundo ya no existe y tampoco merece ser idealizado. La cuestión es cómo conservar una experiencia de verticalidad en una cultura plural; cómo afirmar que existen realidades superiores al interés inmediato sin permitir que una institución monopolice su interpretación; cómo defender verdades sin crear inquisiciones; cómo construir comunidad sin necesitar enemigos; cómo sostener identidades sin convertir al diferente en amenaza y cómo mantener convicciones profundas sin perder la posibilidad de reconocer nuestro propio error.
Tal vez una civilización verdaderamente adulta no necesite restaurar los antiguos dioses, pero sí recordar que ninguna de sus propias creaciones merece convertirse en uno. Ni el Estado, ni el mercado, ni la nación, ni la identidad, ni la revolución, ni la tecnología, ni siquiera el individuo. La verdadera trascendencia debería recordarnos nuestros límites antes que alimentar nuestras pretensiones de superioridad. Si existe verdad, no somos sus propietarios; si existe justicia, ninguna facción puede apropiársela completamente; si existe dignidad, alcanza también a quienes no pertenecen a nuestro grupo. La trascendencia auténtica no debería permitirnos sentirnos elegidos, sino recordarnos que somos finitos.
Quizá ahí resida la diferencia fundamental entre trascendencia e idolatría. La primera orienta al ser humano hacia algo que lo supera y, precisamente por ello, relativiza sus pretensiones. La segunda toma una creación humana y la eleva hasta convertirla en incuestionable. Una limita el poder; la otra lo santifica. Una introduce humildad; la otra concede inocencia absoluta. Una obliga a mirar hacia arriba; la otra coloca a un hombre, una doctrina o una comunidad sobre el altar.
Por eso el peligro más profundo de una cultura secularizada quizá no consista simplemente en haber dejado de creer en Dios. Puede consistir en haber perdido la capacidad de reconocer sus propios actos de fe. Seguimos creyendo, venerando, buscando pertenencia y construyendo relatos de salvación. Seguimos creando ortodoxias, mártires, herejes y enemigos. Seguimos necesitando símbolos ante los que experimentar reverencia. Sólo que ahora esos altares pueden encontrarse en lugares donde ya no sabemos identificarlos: en una ideología, en una identidad, en una pantalla, en una tecnología, en una causa política o en el rostro carismático de alguien que promete devolvernos la certeza perdida.
Tal vez, entonces, la tarea filosófica más urgente no sea enseñarnos de nuevo a creer, sino enseñarnos a reconocer aquello ante lo que ya estamos inclinando la cabeza. Porque una civilización puede sobrevivir a la muerte de sus dioses. Lo que quizá resulte mucho más difícil es sobrevivir a una época incapaz de distinguir entre aquello que merece trascendernos y aquello que nosotros mismos hemos convertido en ídolo.

Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.
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